SOÑANDO-LAS

Por: cwa

Texto: María Cristina Rossell.

La bailarina María Cristina Rossell reflexiona acerca del espacio urbano, la danza y el arte a partir de su relación personal con la ciudad capital. Este artículo fue publicado por primera vez en la revista Todos Adentro en mayo de 2013.

“Aunque no podemos adivinar el mundo que será,
bien podemos imaginar el que queremos que sea”
Eduardo Galeano.

Foto: Jonathan Contreras

Foto: Jonathan Contreras

Esta invitación a la reflexión sobre la ciudad y su necesaria transformación desde la danza, debería empezar por definir la ciudad como figura espacial del tiempo, según Marc Augé  llena de lugares y no-lugares.

Desde su propuesta, el lugar vendría siendo un espacio donde co-existe la identidad-idiosincrasia, la historia local, la historia de la calle, los símbolos, los íconos y las realidades que se comparten; donde todas estas relaciones se hagan posibles, hablaríamos de un lugar.

El no-lugar resumiría el espacio donde todas las relaciones (sociales) anteriormente mencionadas no acontezcan, es decir, donde las individualidades que transiten por esos espacios no tengan una historia en común. Augé describe tres categorías principales:
* Los espacios de circulación como autopistas, áreas de servicios en las gasolineras, aeropuertos, vías aéreas.
* Los espacios de consumo como super e hipermercados, cadenas hoteleras, parques temáticos, multicines, centros comerciales.
* Los espacios de la comunicación como pantallas, cables, ondas con apariencia a veces inmateriales.

En este sentido, el papel de la danza como herramienta de transformación de la ciudad pasa necesariamente por identificar los no-lugares de Caracas (que todavía existen, a pesar del fantástico trabajo de recuperación en Sabana Grande y el casco central, entre otros) y convertirlos en lugares para el arte, el debate, la integración de todos y todas, el auto-rescate del espacio público y más importante aún, trabajar para la reconstrucción de la memoria histórica-colectiva de la ciudad, una ciudad que en cierto modo no le permiten que tenga memoria porque diariamente tumban y construyen, tumban y construyen, borrando la idea de pertenencia hacia el espacio público que nace y se alimenta con el paso del tiempo.

Buscar que los no-lugares pasen a ser lugares que den cabida a la creación, investigación-acción, a la libre asociación y organización, y que las comunidades y el pueblo organizado -como esperanza única y absoluta de concreción de la revolución posible- se apoderen de esos espacios, siempre con el acompañamiento –léase que no es en vano la escogencia de esa palabra, diferente de la imposición- de los movimientos sociales, los artistas y el Estado para asegurar la victoria.

Así como existen los no-lugares, según Augé existen las denominadas zonas de silencio, de las que nadie habla, que es lo mismo casi a como si no existieran, pues si partimos de la premisa que la lengua es la “casa del Ser” y nadie habla de ellas entonces no existen, son los invisibles. Necesario pues, se hace dirigir nuestra atención y acción hacia esos espacios olvidados aún cuando se presenta más fácil la opción de invisibilizarlos, pues si de algo se trata este proceso es de darle voz a los enmudecidos y luz a los invisibles. Parafraseando a Calle 13 en su canción, que los de Atrás vengan con nosotros, o en este caso, que nosotros acompañemos a los de Atrás.

Foto: Alejandro De La Barra

Foto: Alejandro De La Barra

Es posible que a priori no se divise una conexión inmediata entre la transformación de la ciudad y el arte (danza en este caso) como mecanismo, debido a la preeminencia de un conocimiento fragmentado, arraigado en los procesos de enseñanza-aprendizaje de nuestro sistema educativo que está indiscutiblemente enmarcado en los valores modernos del “progreso”, -recordemos que somos fruto de la contradicción de pertenecer a una era Posmoderna pero con una educación bajo los postulados de la Modernidad, que para lo más que ha servido es para que la gente aprenda a leer y a escribir-  lo cierto es que hay que hacer ver que esta vía de transformación representa la posibilidad de descubrir nuevas formas de acceso a herramientas de democracia participativa y de reconstruir vínculos lesionados entre ciudadanos en sociedades violentas y quebrantadas por el capitalismo. Seamos claros, el arte y el deporte son las vías más efectivas para la integración de los “ninguneados” del mundo (como dice Galeano).

Es tiempo ya que la danza –así como el arte en general- deje de ser pensado como algo accesorio y secundario a la construcción de la Patria Nueva. Citando a Carlos Lanz “la Revolución es Cultural o reproducirá la dominación” pues “la contrarrevolución es también (y fundamentalmente) cultural”. Hacer entender la danza como un elemento a considerar en la batalla cotidiana y la guerrilla comunicacional, sin caer en el panfleto sino más bien poetizándola; cómo hacer entender la danza como un validísimo medio alternativo más, y pues, que esa voz se oiga a nivel de proyecto país, ése es el reto de los hacedores de danza.

Nuestras vidas transcurren en un mismo y diverso conjunto urbano, el caraqueño, que indiscutiblemente se desarrolla en medio de barreras y fronteras visibles o invisibles, impuestas o auto-impuestas, oficiales o extra-oficiales. Trabajar y trastocar esas fronteras desde la danza  para el empoderamiento y la construcción de una ciudad con consciencia “planetaria” en el significado de formar una consciencia común y ecológica que nos haga asumirnos “ciudadanos de este mundo” se presenta como un camino a seguir. Frenar que la publicidad bazofia se siga apoderando de nuestros vagones de Metro, paredes y patrimonio, o que pare la proliferación de imágenes tan desagradables como la extinta taza de Nescafé roja que se situaba en plena Plaza Venezuela – que además estaba tan bien ubicada que se veía desde cualquier parte de la ciudad, era como un ícono de Caracas- es una lucha sin duda justificada.

Es entonces, nuestra tarea como parte de un proceso de cambio sostener y alimentar la necesidad de concebir no sólo el futuro, sino un OTRO futuro, donde se respete “La Pachamama” como base de esa consciencia planetaria, tal como está contemplado en el Plan de la Patria 2013-2019 como parte del quinto Objetivo Histórico.

Foto: Jonathan Contreras

Foto: Jonathan Contreras

Ciertamente como maracucha en el exilio que se vio obligada a venirse porque los espacios para la danza en Maracaibo fueron aniquilados, la idea de que retoñe  esa “ciudad de los techos rojos” de la que habla Enrique Bernardo Núñez, en el sentido de la Caracas amable, acogedora y afable, se presenta hasta como utópica porque no la viví, sólo he conocido a la Caracas huraña, hosca y sobretodo muy ruda para los que crecimos en otro contexto. Sin negarle ese lado encantador y AMA-ble que le otorga el caos citadino, de millones de rincones, taguaras y tabucos para todos los gustos y colores a conocer y a disfrutar.

No puedo finalizar estas líneas sin hacer mención a algo fundamental en la discusión que nos ocupa: la crisis de espacio que padecemos en el ámbito de la danza en Venezuela. Evidentemente se ha llegado a un punto crítico, creo que es prioritario que de manera organizada nos inventemos nuevos mecanismos de adquisición, construcción y/o habilitación de nuevos y viejos espacios para poder emprender procesos creativos por el tiempo que se necesite, en miras de madurar el producto (artístico), para poder tener elencos estables que no se vean en la necesidad de gitanear para ganar dinero – ¡hasta cuándo se seguirán perdiendo talentos por el show!- y creo que es insostenible esperar a que las instituciones reaccionen, hay que asumir esa crisis nosotros y empujar e insistir con las instancias del poder hasta llevarlos a donde necesitamos, juntos artistas y comunidad organizada. No me canso de reiterar que somos imprescindibles (la cultura en todas sus aristas) para consolidar nuestra independencia. La idea no es hacernos ricos con una escuelita privada, la idea es poder vivir dignamente haciendo un trabajo por demás esencial en la formación de la nueva ciudadanía. La idea es acabar con la emigración forzada de chamos talentos del interior del país hacia Caracas -por falta de espacios, de escuelas, de compañías-, quienes una vez aquí lo que hacen es pasar trabajo, pues no hay nadie que los acompañe, guíe o vele por su bienestar y su integración con la ciudad. En ese orden de ideas, propongo que esta iniciativa de reflexión se repiense desde otras ciudades del país.

Reivindiquemos el arte como un derecho, la Constitución está de nuestro lado. ¡Pero ojo! Desde la VENEZOLANIDAD y lo que ello implica: venimos de la diversidad y nos debemos a ella.

La revolución es un sueño en construcción. La vida sin sueños es un sin sentido, es caer en las garras de la costumbre, que a su vez es la muerte; la muerte de lo mágico, del deslumbre, de la fascinación, de la ilusión, del asombro, de la admiración, de la maravilla, la danza es buscar causar todas esas sensaciones, y este sueño colectivo de transformar la ciudad es posible por esta vía.

¡Por la aprobación de la Ley de Cultura que nos reivindique finalmente como gremio, seamos como Chávez!!

María Cristina Rossell, es bailarina del Ballet Teresa Carreño y coreógrafa. Es Licenciada en Educación mención Idiomas modernos de la Universidad del Zulia y tiene un diplomado en Crítica del Arte en la Universidad Central de Venezuela. Fue productora, bailarina y líder en la creación colectiva de la obra “De Arañero a Libertador”.

This entry was posted on Tuesday, July 7th, 2015 at 6:30 am and is filed under Otras voces. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed or trackback from your own site. Both comments and pings are currently closed.